"A mí me gusta tocar, lo último que yo pregunto es cuánto me van a pagar"

A Aldo lo conozco de toda la vida. Fácilmente son casi 40 años de recuerdos, desde una foto vieja en la ventana con su mamá cuando yo tenía unos siete años, hasta los días en que el eco de su batería se colaba por mi ventana. Hoy, a sus 45 años, con los brazos tatuados y la misma sonrisa rebelde, nos sentamos a platicar sobre lo caótico del internet, el feeling de un músico de nicho y cómo es que terminó haciendo de las baquetas su religión.

Las Ollas de Mamá y el Clic del Video

La vocación de Aldo no nació en un conservatorio rígido; nació en el asiento de un carro, escuchando la colección de discos de su padre —un melómano empedernido— con bandas como Led Zeppelin, The Doors y The Beatles.

Nara: ¿Cómo supiste que la batería era tu vocación y no solo un juego de niños?Aldo: Había una rola de una banda llamada The Shadows que se llama “See You in My Drums” que traía un solo de batería. Mi papá siempre me la ponía y yo empezaba a imitarla. Agarraba las ollas de mi mamá, las cucharas y una mochila ochentera de reja. A los 11 años, mi mamá le dijo a mi papá: “Ya cómprale una batería”. Fuimos a Plaza Satélite y me compraron una de 1,500 pesos. De esa primera batería morada hoy solo me queda la tarola, que quiero mandar a reparar.

Al principio no sabía tocar, pero un día grabaron en video a un invitado en una fiesta familiar que sí sabía. Me pasé días enteros viendo el video frente a mi batería imitando el “taca-taca-tacu” hasta que me salió el ritmo. Yo les decía a mis hermanas: “Ven, agárrenme el platillo aquí arriba”. Así empezó todo.

La Mafia de G Martel, el Desmadre y el Retorno

Tras su primera banda en la secundaria —donde tocaban covers malísimos de Nirvana y Guns N’ Roses—, Aldo ingresó a la escuela G Martel. Ahí conoció a sus carnales de ensamble y se ganaron el apodo de “La Mafia” (más tarde llamados Garage), tocando en bares por las tardes porque aún eran menores de edad. Sin embargo, el exceso de fiesta lo alejó de los escenarios durante cinco años.

Nara: ¿Cómo fue ese arco de dejar la música por completo y luego regresar a los 25 años a tomártelo en serio?

Aldo: Durante esos cinco años no estudiaba la prepa, no hacía nada, puro desmadre. Un día un primo me dijo: “Un cuate busca baterista, ¿le entras?”. Y dije: “Pues sí, no estoy haciendo nada y aparte puedo tocar y tomar”. Pero llegó un punto donde hablé con mi papá. Él era licenciado y quería que yo hiciera una carrera; me decía que la música era un hobby. Yo le dije: “Es que de esto se puede vivir bien”.

Hay que quitarse el prejuicio de que como músico te mueres de hambre; un licenciado o un arquitecto también se pueden morir de hambre. Todo depende de cómo hagas las cosas. Yo me di cuenta de que no podía subirme al escenario hasta la madre de borracho si quería que me vieran como un profesional. Dejé de tomar, me dediqué a estudiar, a cuidar la puntualidad, la seriedad. Si esto iba a ser mi trabajo, tenía que tratarlo como tal.”

Tocar con el Corazón Roto: El Tributo a Papá

El trabajo de un músico independiente no tiene red de seguridad. Si un oficinista falta un martes, puede reponer la labor el miércoles; si un músico, un fotógrafo o un productor no llega a un show, tira el empleo de decenas de personas y una logística enorme. Esa responsabilidad se puso a prueba de la forma más dolorosa posible en la vida de Aldo.

Aldo: Esto solo lo supieron tres o cuatro amigos, pero el día que falleció mi papá yo tenía un show enorme con bailarines, cantantes y una estructura compleja al que no podía faltar. Estuve cuidándolo toda la semana en Irapuato, me regresé el viernes y el sábado en el sound check me marcaron para decirme que acababa de morir. Imagínate la onda de tener que subirte a tocar, sonreír y poner buena cara para la gente que pagó un boleto.

Mis amigos me vieron y me dijeron: “Dedícaselo a tu papá, si por él estás aquí”. Mi papá siempre nos dio el ejemplo del compromiso. Todos los días me despierto y le agradezco a él y a mi mamá que me hayan dejado ser yo. Tengo amigos frustrados con trabajos de oficina que me dicen: “Güey, yo quisiera estar como tú, pero mi papá no quiso que fuera músico”. Yo le prometí a mi papá que iba a vivir bien de esto, y no le quiero quedar mal.

Fenómeno FUZZ, la Memoria Muscular y Depeche Mode

Durante diez años, Aldo fue el motor rítmico de Fenómeno FUZZ, una banda consolidada con la que recorrió festivales masivos como el Vive Latino, cobijados por patrocinios importantes de marcas como Vans. Hoy en día, su realidad es el coleccionismo de covers y shows masivos donde la memoria muscular es su súper poder.

Nara: ¿Cómo le hace tu cabeza para procesar playlist de tres horas, arreglos diferentes y no cruzarte los cables entre una banda y otra?

Aldo: Es impresionante cuánta información le cabe al cerebro. A veces tocamos un show de 100 canciones y sobre la marcha te vas acordando de los arreglos. A veces la mente va a diez mil por hora pensando: “Chin, viene el arreglo de esta rola... no, no, ese es el del otro show”. He abarcado de todo: pop, ska, salsa, cumbia. El ska, por ejemplo, tiene un chiste cabrón. Pero cuando termino de estudiar toda la semana y por fin tengo un espacio libre, lo primero que pongo en mi teléfono es Depeche Mode.

“Depeche Mode es mi banda número uno de toda la vida. La escucho si estoy feliz, triste o enojado. Me trae recuerdos de mi infancia, de mi hermano, de amigos que ya no están. Para tocar tributos de ellos, mis amigos me decían: ‘Es que a ti te sale porque te gusta la música electrónica, sabes cómo hacer que la batería acústica no suene rockera, sino electrónica’. Tienes que conocer el género para que suene a eso.”

De la Tarola Chafa a los 9 Patrocinios: El Factor Calle

Hoy, Aldo cuenta con el respaldo de nueve patrocinios internacionales (incluyendo marcas gigantes como Roland). Recuerda con humor y nostalgia sus inicios, cuando iba al tianguis de músicos de los martes en el sindicato a cambiar instrumentos y sentía pena de llegar a los bares con su “tarolita chafa” y dos platillos viejos mientras otros traían equipazos.

Nara: Estuviste conmigo cuando fotografié al legendario Antonio Sánchez. ¿Cómo fue esa experiencia y qué te dejó?

Aldo: Antonio Sánchez es un fuera de serie, un baterista top a nivel mundial. Me acuerdo mucho que cuando vio mis baquetas rotas se me quedó viendo y me dijo: “Oye, pues sí le pegas duro, ¿eh?” (risas). Yo me quedé pensando mucho tiempo en eso de si estaba bien o mal pegarle fuerte. Pero la verdad es que el desgaste es por el rim shot.

Estudiar es como el gimnasio, tienes que darle diario. En pandemia estudiaba tres horas en la mañana y tres en la noche. Pero yo le voy más a la escuela de la calle, al punto medio entre saber leer partituras y saber resolver en el escenario. Tengo amigos que si se les olvida el iPad con el show escrito se bloquean. A mí me encanta llegar, no conocer a los músicos, vernos a los ojos y decir: ‘Va, coro, verso, paramos una vuelta, solo de guitarra y salimos’. Y la gente piensa que ensayamos meses.

Disfrutar al Triple antes de que el Cuerpo Diga “No”

A sus 45 años, tras haber tocado en la Marquesina del metro Normal a cinco metros de altura subiendo un bombo por una escalera de bombero, Aldo sabe que la música, como la vida, se compone de ciclos.

Aldo: A mi edad ya disfruto todo al triple. Nuestro trabajo es muy físico y sé que en algún momento, por más contactos que tengas, el cuerpo ya no te va a dar. Hace poco vi el documental de Ozzy Osbourne y de cómo tuvo que cancelar su gira por Europa porque su cuerpo ya no respondía, aunque su cerebro quería seguir. Eso te da una depresión bien cabrona.

Por eso, cada vez que me despierto adolorido o cansado para un viaje o una grabación, solo pienso: “Voy a llegar, voy a ver fierros, cables, escuchar ruido, estar con mis amigos y pasarla chingón”. Me vuelvo un niño en dulcería. Al final del día, lo más importante en esta pinche vida llena de maldad y estrés es encontrar la forma de ser feliz. Y yo soy feliz tocando.

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Abelardo Ojeda